20 de junio de 1820
El paisaje bajo el cielo encapotado de
la tarde anterior era austero y silencioso.
Ladraban los perros de la aldea y como
eco simbólico se oía el tumbar ciclópeo y opaco de un río costero lejano.
Los aldeanos
pasaban silenciosos, sorteando la escarcha, como un rebaño y sólo hacían un
alto cuando las viejas campanas de la Iglesia de Santo Domingo, dejaba oír sus
tañidos. Se despertó con el alba y creyó que una celeste
albura circundaba la puerta de su habitación, sobre un fondo de prados húmedos
que parecían cristales bajo la helada.
En el cielo
lívido del amanecer aún temblaban algunas estrellas mortecinas. El sol naciente
se levantaba sobre su cabeza como para un largo día mientras temblaba el
rosado vapor de alba con gloria seráfica. La campiña se despertaba bajo el
púrpura que la vestía con una capa pluvial. Los aromas se esparcen en el aire.
Con las blancas manos enlazadas él contemplaba el infinito detenido. Rosas y
lises de la heráldica celestial se perfilaban en el descenso angélico de
aquel amanecer…
Se extendía en el aire una palpitación
de sombra azul, religiosa y mística.
Cerró los ojos.
El sopor del sueño lo vencía con la
congoja y la angustia de un desmayo. Era como si lentamente, lo cubriesen todo
con velos de sombras pasadas.
Sentía el rumor de una fuente rodeada
por árboles llenos de cuervos. Hubo un murmullo de voces mientras una sombra
llamaba sigilosa en la ventana.
El cuerpo tendido sobre la cama parecía
tener cien años. El viejo dejaba que los murmullos se acallaran. Tocaron solas
las campanas ese amanecer.
La soledad hacía más triste aquel
camino de humildad, resignación y pobreza hecho al comenzar la vida.
Ardía una hoguera de sarmientos, las
chispas y el humo subían por la vieja campana de la chimenea que cobijaba el
hogar. El humo indeciso y blanco, sube y se disipa en la luz como salutación de
paz, mientras la briza juega con las hojas muertas.
La luz del cirio se apagó ante los ojos
de los pocos presentes.
Aquellas viejas campanas de San Ignacio
dejaban oír sus voces en la paz de la mañana, mientras el canto de un ruiseñor,
parecía responder desde muy lejos como airón de plata en la cimera de un
arcángel guerrero, llamado Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.
Sus últimas palabras fueron: ¡Ay Patria
mía!, y no otras hubiera podido pronunciar quién había vivido, luchado, sufrido
y muerto por ella.
El reloj anunciaba, tímidamente, las 7
de la mañana de aquel 20 de
junio de 1820.
Ernesto Martinchuk

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